martes, 31 de agosto de 2010

Cereza

Y si a la serpiente se le pianta ser
que se sirva del impulso del deseo y arre-meta:
y árre!,
arriba!,
culmina!,
se desaloja.

Acariciando los intestinos y despedida hacia el cielo
que muerda el tramo más fino de la lengua del sol.

Ahora que el cuerpo le ha quedado colgado se deja cómodo.
Se deja,
se mece
cereza.

Se reza, se pide, se mide, con cautela.
Concibe la tela y se viste de ella.

Y ella, estela, no es tela,
ni es ella,
es él,
que desde el látigo inquieto del sol
la serpiente mastica
comunica,
y alimenta.
Desde dentro hacia fuera,
y viceversa.

Y justo allí,
lo sabe,
cuando no insiste ni nombra.
Se une,
se empantana,
se hunde,
inunda.

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