martes, 31 de agosto de 2010

El Cuadro

Ya lo quebró. Ya lo mira doblado, como una empanada de lienzo con repulgue de madera rota. Y dentro, las acuarelas escondidas. Pensó en el árbol del parque de sesenta y cinco, “el árbol dentro del árbol, como queriéndose escapar”, diría repetidamente en el futuro, aunque en ese momento, el árbol le parecia haber resucitado en si mismo un día de esos en que el otoño casi logra desvanecerlo descascarado.
Y mas hacia atrás, unas cuadras antes de aquel tronco dentro del tronco, el pantanito. Un pantanito pegajoso de un metro de diámetro aproximadamente que despertó la curiosidad de la suela de su pie derecho. No era tan espeso, mas bien una “nata” musgosa verde fluorescente sobre un charco lleno de bichos acuáticos. Y ella no lo sabría nunca, el asco que le daba pensar su pie en el pantanito le mantenían alejada unos metros con las manos sosteniéndole en la jeta alguna nausea graciosa.
De la misma manera que el pie en el pantano, el cuerpo se le había subido a la bici desatada aquel viernes a la madrugada en la entrada del teatro de trenes. No es que necesitase un vehículo pero las ganas de no caminar le habían bastado como motivo. Unas cuadras más adelante la dejaría tirada en una vereda y correría riéndose a los gritos.
En el recuerdo le quedaba todo aquello como una fabula desteñida, como fotos desprendidas, involuntarias, esto le parecía distinto. Hacia tiempo venia pensando que había tiempos guardados en las aventuras recorridas por los objetos compartidos. Los vínculos pueden deshacerse, los microclimas ya no se funden y lo que queda es un lazo visual y táctil para con las cosas que pertenecen a uno y a otro. Un cuadro. Una serpiente saliendo desde la garganta de una mujer desnuda intentando alcanzar su presa, una especie de círculo enérgico, una galaxia haciendo equilibrio en la cúspide de un falo de piedra. Había temido siempre que la serpiente hubiese alcanzado algún día aquella galaxia (siempre se había considerado aquel circulo enigmático de la tela), por eso, cada vez que despertaba le parecía ver que el animal se había acercado un poco desde el día anterior. El Sábado 13 de Junio la distancia era mínima, ese día decidió deshacerse del cuadro. No es que no pudiera devolverlo, pero el temor a que la galaxia fuese al fin devorada terminaba por concluir que un destino mortal era lo mas conveniente. Además, encontraba valioso ser la ultima persona en verlo, ser dueño de esa vida detenida en una imagen que viviría solo como recuerdo, suyo, como una venganza que duraría para siempre.
El placer del acto venia sujeto a una idea de espectáculo para el futuro, la idea de proponerse recuerdos inolvidables, guiar las experiencias como en una trama artística en la que la obra era un proceso, era la vida, y esa pretensión de pincelar ciertas escenas para colgarse luego cuadros en la memoria.
En ese acto , no lo había entendido aun o no lo quería entender, escapaba una gota impredecible, como tramos difusos de escrituras no planeadas, dejadas al asar, implosiones que escapan al control del espectáculo, que ahora veía y pensaba resignado, como si fuesen culpa suya. “La felicidad del control y la desazón de lo impredecible” dirá.
Luego de la tercer copa de vino se animó, caminó hasta su cuarto, y en la pared a su derecha, el cuadro.
La envestida de la serpiente luchaba aun contra la gravedad que estratégicamente le había obligado algún día colgándolo torcido desde uno de sus ángulos. Lo observo, vio un plateado que nunca había visto. Recordó el día de su cumpleaños numero 22 en que lo había visto por primera vez, fresco, con olor a pintura, en las manos todavía manchadas de su pintora, pálida, entusiasmada.
Tardo mas o menos un minuto y medio en descolgarlo, apoyarlo y sujetarlo con el pie derecho contra el suelo para luego, ejecutarlo con un movimiento brusco que unió el ángulo superior izquierdo donde estaba la galaxia con el inferior izquierdo donde la dama desnuda paria una serpiente por la garganta.
Se quedo quieto y mudo sentado en la cama sosteniendo la empanada de acuarela. El árbol dentro del árbol, el pantano. Silencio. Pensó en verlo por última vez, lo desdobló, observó, lo cerró nuevamente.
La primer gota impredecible le cayó del ojo izquierdo y la vió estamparse sobre el pantalón, las que siguieron las fue desparramando contra su cara con la palma de la mano. Ya eran pasadas las doce de la noche del sábado, escuchaba el tiempo revuelto afuera y el aire sincrónico que había traído el crujido de los marcos lo arrastraba por vacaciones pasadas. Un viaje a Los antiguos, el pájaro negro que su madre también había dicho era una lechuza, el mar hasta las rodillas una madrugada en Villa Gesel en la que él gritaba, y ella, desde la orilla, respondía que no, que la panza y el frío, y él, escuchando las olas sonando a destiempo en el vaivén impredecible del mar de petróleo, lamentaba no poder convencerla, y se entristecía para después, para los recuerdos, los futuros recuerdos.
Al ponerse de pie detuvo el rememorial, tomó el cuadro y salió del cuarto. En la cocina había gente, cruzó los metros de conversaciones sin decir una palabra, como sin querer interrumpir la continuidad frágil del evento. Dejó el cuadro debajo de la parrilla y entró de nuevo a la casa en busca de diarios. En el patio escurrió las hojas fabricando prolijas mechas de información deportiva.
El fósforo raspa el lateral de la caja y quema una mecha que conduce el fuego hacia adentro del cuadro doblado.
El cuadro va dejando de ser cuadro, el aire huele a toxico y el frío le cruza los brazos. Nunca deja de observar el fuego, y en él descubre formas, (nunca deja de verlo colgado, nunca deja de ver mas cerca al animal, un colmillo roza la galaxia) y las formas lo distraen de ver que el fuego esta quemando, que el humo lo esta abrazando. Tose, se sube el cuello de la remera por sobre la nariz, se huele a si mismo y piensa, que en un rato cuando se acostumbre a su olor y por accidente la nariz deje de sostenerle la remera, seguramente, el olor a pintura quemada va a resultarle mas asqueroso. Ahora va a mirar una plancha de cartón al costado de la parrilla y la va a usar de abanico, el fuego se aviva, la nariz le va a dejar caer la remera, y efectivamente el humo le va a parecer mas desagradable, se va a acomodar el barbijo nuevamente, y otra vez quieto, cruzado de brazos, se va a poner a pensar un poco en la pintora.
Solo quedan pequeños grupos de luces moviéndose en la parrilla. Ya no hay humo ni fuego, distingue unos tramos de tela sin quemar y escucha las últimas luces rojas devorando la imagen. Va a ser lo ultimo en ver esa noche, luego ira a dormir, calmo, en silencio. Mañana, cuando despierte, y vea que el cuadro no cuelga en la pared, primero va a sentirse seguro, y luego, en el patio, un tanto desesperado.
En la esquina izquierda del paño carcomido, ha visto, la serpiente esta a punto de tragar por completo el centro del circulo galáctico, y este, un poco menos brillante, un poco menos enigmático, aunque ha sobrevivido, le ha resultado aburrido, apagado. Mira los fósforos, el diario, piensa el fuego…

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